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ACERCA DE LOS COMPORTAMIENTOS
VIOLENTOS
No cabe duda de que la violencia
es hoy tema de debate. Está
presente en el ámbito que
observemos, manifestándose con
mayor intensidad por momentos en
la escuela, por momentos en la
familia, en la calle o el
deporte.
Podemos concebir a
este fenómeno como complejo, y
pensarlo como un modo de
comportamiento al que se recurre
cada vez con mayor frecuencia,
no circunscrito a un área social
específica.
Entendiendo la
violencia como una forma de
comportamiento entre seres
humanos, creo que debemos partir
de aceptar que en mayor o menor
medida todos recurrimos a él.
Buscando la causa
Solemos ocuparnos en
fabricar porqués indiscutibles,
y al escuchar diferentes
análisis de los hechos violentos
que suceden a diario, los
comentarios denotan una búsqueda
imperiosa del origen “primero y
único” que los provoca.
Entre la variedad de
causas que se desgranan se dice
de la “ausencia” de la familia,
la desocupación extendida
atemperada con desborde de
asistencialismo y la ineficacia
de estas políticas sociales, la
desprestigiada educación, la
falta de seguridad, los juegos
violentos en red, la falta de
límites, la violencia simbólica
del Estado, la televisión, el
cambio de valores, etc.
Y podemos seguir
enunciando, los que considero
aspectos (no causas) de una
realidad compleja que no nos es
posible, aunque nuestro
pensamiento simplificador lo
intente, abarcar en su
totalidad.
Esta imposibilidad
de hallar sólo una causa del
fenómeno es uno de los atributos
propios de la complejidad
descrita por Edgard Morin como
multidimensional. Este autor
sostiene que la complejidad se
presenta con los rasgos
inquietantes de lo enredado, del
desorden, la ambigüedad, la
incertidumbre... y de allí la
necesidad, para nuestra
comprensión, de poner orden en
los fenómenos rechazando el
desorden, de descartar lo
incierto, es decir, de
seleccionar los elementos de
orden y de certidumbre, de
quitar ambigüedad, clarificar,
distinguir, jerarquizar.
También nos advierte
sobre el riesgo de estas
operaciones expresando que
“pueden llegar a producir
ceguera”.
¿A qué estaríamos ciegos? Al
tejido de eventos, a las
acciones asociadas, a las
interacciones y retroacciones, a
las determinaciones que están
constituyendo este mundo
fenoménico.
Alertados de la tendencia de
nuestro pensamiento a ver sólo
la parte, lo simple, una causa,
creo que podemos aceptar la
invitación a tomar conciencia de
esta “patología” del pensamiento
y concebir la limitación en
nuestra mirada, teniendo en
cuenta que una multiplicidad de
factores están aportando a que
se manifiesten hechos violentos.
El todo que nos incluye
Watzlawick sostiene que en el
mundo construido según el
pensamiento causal clásico se
dan de manera natural e
inevitable dos propiedades
diferentes, por un lado la
división entre el observador y
lo observado, y, por el otro, el
ordenamiento general del mundo
que observamos en pares de
opuestos.
Me quiero detener en la primera
propiedad que plantea el autor y
reflexionar sobre las implicancias de esta
división entre observador y
observado, a la hora de hablar
de violencia.
Creo que el riesgo de mirar
calificándome como sujeto sólo
observante, viéndome separado
del objeto (aquello que
observo), es que me permite
poder “olvidar” por un momento
que soy parte de aquello que
observo.
Y soy parte, porque, como
decíamos antes, aplico mi forma
de entender, mi pensamiento
limitado al intentar comprender
el fenómeno, y también porque
integro el mismo sistema social
y con mi vivir contribuyo a
constituirlo, esto es, con mi
actuar cotidiano aporto a este
sistema que me incluye.
Si elegimos focalizar en el (sub)sistema
educativo, podemos ver que
participamos desde diferentes
funciones, como alumno, padre,
docente, funcionario de
gobierno, preceptor, directivo,
administrativo, capacitador,
pero incluso si no estuviésemos
integrando este subsistema, al
estar conformando el
macrosistema social que nos
incluye, también se da la
participación.
En este sentido creo que lo que
hacemos en nuestras relaciones,
en lo cotidiano puede
contribuir a disminuir o
aumentar las manifestaciones
violentas. Esto quiere decir que
si intento llevarme mejor con mi
marido, con la cajera del
supermercado, con el compañero
de trabajo o con el vecino que
indefectiblemente pone basura en
mi vereda ¿la violencia va a
desaparecer? No, o, no lo sé,
pero por lo menos no continúo
aportando con mis acciones, que
se juegan en lo microsocial, al
fenómeno en lo macro.
Considero que el pensamiento
causal clásico además de
facilitarnos poner la
responsabilidad fuera de
nosotros, y de este modo quedar
eximidos, puede privarnos de
disfrutar en su más profundo
sentido la frase que nos legara
John Donne allá por el 1600:
“Ningún ser humano es una isla
en sí mismo; cualquier ser
humano forma parte de la tierra.
La muerte de cualquier hombre me
disminuye porque estoy ligado a
la humanidad, así pues, no
preguntes por quién doblan las
campanas; doblan por ti”.
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